DOMINGO VII DE PASCUA

El siguiente formulario se utiliza en los lugares donde la solemnidad de la Ascensión del Señor se celebra el jueves de la semana VI del tiempo pascual.


PRIMERA LECTURA,
como el sábado precedente.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Jerusalén, Catequesis 16, sobre el Espíritu Santo (1, 11-12.16: PG 33, 931-935.939-942)

El agua viva del Espíritu Santo

El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. Una nueva clase de agua que corre y salta; pero que salta en los que son dignos de ella.

¿Por qué motivo se sirvió del término agua, para denominar la gracia del Espíritu? Pues, porque el agua lo sostiene todo; porque es imprescindible para la hierba y los animales; porque el agua de la lluvia desciende del cielo, y, además, porque desciende siempre de la misma forma y, sin embargo, produce efectos diferentes: Unos en las palmeras, otros en las vides, todo en todas las cosas. De por sí, el agua no tiene más que un único modo de ser; por eso, la lluvia no transforma su naturaleza propia para descender en modos distintos, sino que se acomoda a las exigencias de los seres que la reciben y da a cada cosa lo que le corresponde.

De la misma manera, también el Espíritu Santo, aunque es único, y con un solo modo de ser, e indivisible, reparte a cada uno la gracia según quiere. Y así como un tronco seco que recibe agua germina, del mismo modo el alma pecadora que, por la penitencia, se hace digna del Espíritu Santo, produce frutos de santidad. Y aunque no tenga más que un solo e idéntico modo de ser, el Espíritu, bajo el impulso de Dios y en nombre de Cristo, produce múltiples efectos.

Se sirve de la lengua de unos para el carisma de la sabiduría; ilustra la mente de otros con el don de la profecía; a éste le concede poder para expulsar los demonios; a aquél le otorga el don de interpretar las divinas Escrituras. Fortalece, en unos, la templanza; en otros, la misericordia; a éste enseña a practicar el ayuno y la vida ascética; a aquél, a dominar las pasiones; al otro, le prepara para el martirio. El Espíritu se manifiesta, pues, distinto en cada uno, pero nunca distinto de sí mismo, según está escrito: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Llega mansa y suavemente, se le experimenta como finísima fragancia, su yugo no puede ser más ligero. Fulgurantes rayos de luz y de conocimiento anuncian su venida. Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico protector: pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma, primero de quien lo recibe, luego, mediante éste, las de los demás.

Y, así como quien antes se movía en tinieblas, al contemplar y recibir la luz del sol en sus ojos corporales, es capaz de ver claramente lo que poco antes no podía ver, de este modo el que se ha hecho digno del don del Espíritu Santo es iluminado en su alma y, elevado sobrenaturalmente, llega a percibir lo que antes ignoraba.

EVANGELIOS PARA LOS TRES CICLOS



LUNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Hechos de los apóstoles 25, 1-27

Pablo ante et rey Agripa

A los tres días de llegar a la provincia, subió Festo de Cesarea a Jerusalén. Los sumos sacerdotes y los judíos principales le presentaron querella contra Pablo, insistiendo y pidiéndole como un favor, con mala idea, que lo trasladase a Jerusalén: pensaban prepararle una emboscada para suprimirlo en el camino.

Festo contestó que Pablo estaba preso en Cesarea y que él mismo se iba a marchar de Jerusalén muy pronto. Y añadió:

—Por tanto, que bajen conmigo los que tengan autoridad entre vosotros, y si hay algo irregular en ese hombre, que presenten la acusación.

Festo se quedó en Jerusalén ocho o diez días a lo más y luego bajó a Cesarea; al día siguiente tomó asiento en el tribunal y dio orden de que trajeran a Pablo. Cuando compareció lo rodearon los judíos bajados de Jerusalén, aduciendo muchos y graves cargos que no podían probar.

Pablo se defendía diciendo:

—No he faltado contra la ley judía, ni contra el templo, ni contra el emperador.

Festo, deseoso de congraciarse con los judíos, preguntó a Pablo:

—¿Quieres subir a Jerusalén y que se juzgue allí tu asunto ante mí?

Pablo contestó:

—Estoy ante el tribunal del emperador, que es donde se me tiene que juzgar. No he hecho ningún daño a los judíos, como tú mismo sabes perfectamente. Por tanto, si soy reo de algún delito que merezca la muerte, no rehúyo morir; pero si las acusaciones de éstos no tienen fundamento, nadie tiene derecho a cederme a ellos sin más ni más. Apelo al emperador.

Festo, después de consultar con sus consejeros, contestó:

—Apelas al emperador, pues al emperador irás. Pasados unos días, el rey Agripa llegó a Cesarea con Berenice para cumplimentar a Festo, y se entretuvieron allí bastantes días. Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole:

—Tengo aquí un preso, que ha dejado Félix; cuando fui a Jerusalén, los sumos sacerdotes y los senadores judíos presentaron acusación contra él pidiendo su condena. Les respondí que no es costumbre romana condenar a un hombre por las buenas; primero el acusado tiene que carearse con sus acusadores, para que tenga ocasión de defenderse. Vinieron conmigo a Cesarea, y yo, sin dar largas al asunto, al día siguiente me senté en el tribunal y mandé traer a este hombre. Pero, cuando los acusadores tomaron la palabra, no adujeron ningún cargo grave de los que yo suponía; se trataba sólo de ciertas discusiones acerca de su religión y de un difunto llamado Jesús, que Pablo sostiene que está vivo. Yo, perdido en semejante discusión, le pregunté si quería ir a Jerusalén a que lo juzgase allí. Pero, como Pablo ha apelado, pidiendo que le deje en la cárcel, para que decida el emperador, he dado orden de tenerlo en prisión hasta que pueda remitirlo al César.

Agripa dijo a Festo:

—Me gustaría a mí también oír a ese individuo.

Festo contestó:

—Mañana lo oirás.

Al día siguiente Agripa y Berenice llegaron con gran pompa y entraron en la sala de audiencias, acompañados de jefes militares y de las personalidades de más relieve de la ciudad. Festo mandó llevar a Pablo.

Dijo Festo:

—Rey Agripa y señores todos aquí presentes: ¿veis a este hombre? Pues la población judía toda entera ha acudido a mí, en Jerusalén y en esta ciudad, clamando que no debe vivir un día más. Yo, por mi parte, he comprendido que no ha cometido nada que merezca la muerte, pero como él personalmente ha apelado a su Majestad, he decidido enviarlo. Sin embargo, no tengo nada preciso que escribirle al soberano acerca de él. Por eso lo hago comparecer ante vosotros, especialmente ante ti, rey Agripa, para, celebrada esta audiencia, tener materia para mi carta; pues me parece absurdo enviar un preso sin indicar al mismo tiempo los cargos que se le hacen.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 11, cap 11: PG 74, 559-562)

Cristo es el vínculo de la unidad

Todos los que participamos de la sangre sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con él, como atestigua san Pablo, cuando dice, refiriéndose al misterio del amor misericordioso del Señor: No había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo.

Si, pues, todos nosotros formamos un mismo cuerpo en Cristo, y no sólo unos con otros, sino también en relación con aquel que se halla en nosotros gracias a su carne, ¿cómo no mostramos abiertamente todos nosotros esa unidad entre nosotros y en Cristo? Pues Cristo, que es Dios y hombre a la vez, es el vínculo de la unidad.

Y, si seguimos por el camino de la unión espiritual, habremos de decir que todos nosotros, una vez recibido el único y mismo Espíritu, a saber, el Espíritu Santo, nos fundimos entre nosotros y con Dios. Pues aunque seamos muchos por separado, y Cristo haga que el Espíritu del Padre y suyo habite en cada uno de nosotros, ese Espíritu, único e indivisible, reduce por sí mismo a la unidad a quienes son distintos entre sí en cuanto subsisten en su respectiva singularidad, y hace que todos aparezcan como una sola cosa en sí mismo.

Y así como la virtud de la santa humanidad de Cristo hace que formen un mismo cuerpo todos aquellos en quienes ella se encuentra, pienso que de la misma manera el Espíritu de Dios que habita en todos, único e indivisible, los reduce a todos a la unidad espiritual.

Por esto nos exhorta también san Pablo: Sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Pues siendo uno solo el Espíritu que habita en nosotros, Dios será en nosotros el único Padre de todos por medio de su Hijo, con lo que reducirá a una unidad mutua y consigo a cuantos participan del Espíritu.

Ya desde ahora se manifiesta de alguna manera el hecho de que estemos unidos por participación al Espíritu Santo. Pues si abandonamos la vida puramente natural y nos atenemos a las leyes espirituales, ¿no es evidente que hemos abandonado en cierta manera nuestra vida anterior, que hemos adquirido una configuración celestial y en cierto modo nos hemos transformado en otra naturaleza mediante la unión del Espíritu Santo con nosotros, y que ya no nos tenemos simplemente por hombres, sino como hijos de Dios y hombres celestiales, puesto que hemos llegado a ser participantes de la naturaleza divina?

De manera que todos nosotros ya no somos más que una sola cosa en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: una sola cosa por identidad de condición, por la asimilación que obra el amor, por comunión de la santa humanidad de Cristo y por participación del único y santo Espíritu.



MARTES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Hechos de los apóstoles 26, 1-32

Defensa de Pablo ante Agripa

Agripa dijo a Pablo:

—Se te permite hablar en tu descargo.

Pablo, extendiendo la mano, empezó su defensa:

—Me considero dichoso de poder defenderme hoy ante ti, rey Agripa, de todos los cargos que me imputan los judíos; mayormente siendo tú experto en todo lo que a los judíos se refiere, lo mismo en sus costumbres que en sus controversias Por eso te ruego que me escuches con paciencia. Mi vida de joven, que pasé desde pequeño entre mi gente en Jerusalén, la conocen todos los judíos, y saben desde hace mucho, y, si quisieran, podrían atestiguarlo, que viví como fariseo, la secta más estricta de nuestra religión. Ahora estoy procesado por la esperanza en la promesa que Dios hizo a nuestros padres, ésa que nuestras doce tribus esperan alcanzar dando culto a Dios asiduamente, día y noche. Pues de esa esperanza, Majestad, hay judíos que me acusan. ¿Por qué os parece increíble que Dios resucite a los muertos?

Pues bueno, yo pensaba que era mi deber combatir con todos los medios a Jesús Nazareno, y así lo hice en Jerusalén: autorizado por los sumos sacerdotes, metí en la cárcel a muchos fieles y, cuando los ajusticiaban, manifestaba mi aprobación. Repetidas veces, recorriendo todas las sinagogas, ensañándome con ellos, intentaba hacerlos renegar; y mi furor llegó al extremo de perseguirlos incluso en las ciudades del extranjero.

En esto, yendo una vez camino de Damasco, autorizado y comisionado por los sumos sacerdotes, a mediodía, Majestad, vi por el camino una luz venida del cielo, más brillante que el sol, que relampagueaba en torno mío y de mis compañeros de viaje. Caímos todos por tierra y oí una voz que me decía en hebreo:

—Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Peor para ti si das coces contra el pincho.

Yo pregunté:

—¿Quién eres, Señor?

El Señor me dijo:

—Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Anda, levántate y ponte en pie: me he aparecido a ti precisamente para elegirte como servidor, como testigo de que me has visto ahora y de lo que te revele en adelante. Te salvaré de tu pueblo y de los gentiles, a quienes te envío para que les abras los ojos, y se vuelvan de las tinieblas a la luz y del dominio de Satanás a Dios; para que, creyendo en mí,obtengan el perdón de los pecados y parte en la herencia de los consagrados.

Y yo, rey Agripa, no he sido desobediente a la visión celeste. Al contrario, primero a los de Damasco, pero además a los de Jerusalén y de toda la comarca de Judea, y luego a los paganos, les he predicado que se arrepientan y que se conviertan a Dios, portándose como corresponde al arrepentido. Por este motivo me prendieron los judíos, estando yo en el templo, y trataron de asesinarme; pero, favorecido con la protección de Dios, me he mantenido hasta hoy dando testimonio a grandes y pequeños. No añado nada a lo que predijeron los profetas y también Moisés: que el Mesías tenía que padecer y que, siendo el primero de los muertos en resucitar, anunciaría el amanecer a su pueblo y a los paganos.

En este punto de la defensa de Pablo, exclamó Festo a voz en cuello:

—¡Estás loco, Pablo! ¡Tanto saber te trastorna el juicio! Pablo contestó:

—No estoy loco, excelentísimo Festo; mis palabras son verdaderas y sensatas. El rey entiende de estas cuestiones, por eso ante él hablo francamente; no puedo creer que ignore nada de esto, pues no ha sucedido en un rincón. ¿Das fe a los profetas, rey Agripa? Estoy seguro de que sí.

Agripa dijo a Pablo:

—Por poco me convences a hacerme cristiano.

Pablo le contestó:

—Por poco o por mucho, quisiera Dios que no sólo tú, sino todos los que hoy me escucháis, fuerais lo mismo que yo soy..., cadenas aparte.

Se levantaron el rey, el gobernador, Berenice y los demás participantes en la sesión; al retirarse comentaban:

—Este hombre no hace nada que merezca muerte o prisión.

Agripa dijo a Festo:

—Si no fuera porque ha apelado al emperador, se le podría poner en libertad.


SEGUNDA LECTURA

San Basilio Magno, Libro sobre el Espíritu Santo (Cap 9, 22-23: PG 32, 107-110)

La acción del Espíritu Santo

¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares.

Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación, hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural.

El es fuente de santidad, luz para la inteligencia; él da a todo ser racional como una luz para entender la verdad.

Aunque inaccesible por naturaleza, se deja comprender por su bondad; con su acción lo llena todo, pero se comunica solamente a los que encuentra dignos, no ciertamente de manera idéntica ni con la misma plenitud, sino distribuyendo su energía según la proporción de la fe.

Simple en su esencia y variado en sus dones, está integro en cada uno e íntegro en todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen en él, pero él permanece íntegro, a semejanza del rayo solar cuyos beneficios llegan a quien disfrute de él como si fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el mar.

Así el Espíritu Santo está presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si sólo él existiera y, no obstante, distribuye a todos gracia abundante y completa; todos disfrutan de él en la medida en que lo requiere la naturaleza de la criatura, pero no en la proporción con que él podría darse.

Por él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él los que caminan tras la virtud llegan a la perfección. Es él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y al comunicarse a ellos los vuelve espirituales.

Como los cuerpos limpios y transparentes se vuelven brillantes cuando reciben un rayo de sol y despiden de ellos mismos como una nueva luz, del mismo modo las almas portadoras del Espíritu Santo se vuelven plenamente espirituales y transmiten la gracia a los demás.

De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios.



MIÉRCOLES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Hechos de los apóstoles 27,1-20

Viaje marítimo de Pablo a Roma

Cuando se decidió que emprendiésemos la travesía para Italia, encargaron de Pablo y de varios presos a un capitán de la legión Augusta, de nombre Julio. Embarcamos en una nave con matrícula de Adrumeto que salía para los puertos de Asia, y nos hicimos a la mar. Nos acompañaba Aristarco, un macedonio de Tesalónica.

Al día siguiente tocamos en Sidón, y Julio, con mucha amabilidad, permitió a Pablo visitar a los amigos para que lo atendieran. Zarpamos de Sidón y navegamos al abrigo de Chipre, frente a Cilicia y Panfilia, y llegamos a Mira de Licia.

El capitán encontró allí un barco de Alejandría que se dirigía a Italia, y nos mandó embarcar. Por muchos días la navegación fue lenta y a duras penas llegamos a la altura de Cnido; como el viento no nos era propicio, navegamos al abrigo de Creta, por bajo del cabo Salmón; después de costear la isla llegamos a duras penas a una localidad llamada Buenos Puertos, cerca de la ciudad de Lasea.

Habíamos perdido un tiempo considerable; la navegación era ya peligrosa, porque había pasado el ayuno de septiembre. Pablo se lo avisó:

—Amigos, preveo que la travesía va a ser desastrosa, con gran perjuicio no sólo para la carga y el barco, sino también para nuestras personas.

El capitán daba más crédito al piloto y al patrón del barco que a los avisos de Pablo. Como además el puerto no era a propósito para invernar, los más se pronunciaron por zarpar de allí, a ver si podían alcanzar Fénix, puerto de Creta orientado al sudoeste y noroeste, y pasar allí el invierno.

Al levantarse brisa del sur, se figuraron poder realizar su proyecto; levaron anclas y fueron bordeando Creta. Pero de allí a poco se desencadenó del lado de tierra el conocido huracán del noroeste; como el barco, arrastrado por el viento, no podía hacerle frente, nos dejamos llevar a la deriva. Al pasar al abrigo del islote que llaman Cauda, a duras penas pudimos recobrar el control del bote; lo izaron a bordo y reforzaron el casco de la nave ciñéndolo con cables. Temiendo ir a dar contra los bajíos de la Sirte, soltaron un flotador y siguieron a la deriva.

Al día siguiente, como el temporal seguía zarandeándonos con violencia, aligeraron la carga. Al tercer día arrojaron al mar con sus propias manos el aparejo del barco. Como por muchos días no vimos ni el sol ni las estrellas y teníamos encima un temporal tan violento, llegamos ya a perder toda esperanza de salvarnos.


SEGUNDA LECTURA

De la Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II (Núms 4.12)

El Espíritu Santo enviado a la Iglesia

Consumada la obra que el Padre confió al Hijo en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo en el día de Pentecostés, para que santificara a la Iglesia, y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu. El es el Espíritu de la vida, o la fuente del agua que salta hasta la vida eterna, por quien vivifica el Padre a todos los muertos por el pecado hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales.

El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como en un templo, y en ellos ora y da testimonio de la adopción de hijos. Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad, y unifica en comunión y ministerio, enriqueciéndola con todos sus frutos.

Hace rejuvenecer a la Iglesia por la virtud del Evangelio, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: «Ven».

Así se manifiesta toda la Iglesia como una muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

La universalidad de los fieles, que tiene la unción del Espíritu Santo, no puede fallar en su creencia, y ejerce ésta su peculiar propiedad mediante el sentimiento sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando desde el obispo hasta los últimos fieles seglares manifiesta el asentimiento universal en las cosas de fe y de costumbres.

Con ese sentido de la fe que el Espíritu Santo mueve y sostiene, el pueblo de Dios, bajo la dirección del magisterio, al que sigue fidelísimamente, recibe no ya la palabra de los hombres, sino la verdadera palabra de Dios, se adhiere indefectiblemente a la fe que se transmitió a los santos de una vez para siempre, la penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida.

Además, el mismo Espíritu Santo no solamente santifica y dirige al pueblo de Dios por los sacramentos y los ministerios y lo enriquece con las virtudes, sino que, repartiendo a cada unp en particular como a él le parece, reparte entre los fieles gracias de todo género, incluso especiales, con que los dispone y prepara para realizar variedad de obras y de oficios provechosos para la renovación y una más amplia edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo.



JUEVES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Hechos de los apóstoles 27, 21-44

Naufragio de Pablo

Llevábamos mucho tiempo sin comer. Entonces Pablo se puso de pie en medio y les dijo:

—Amigos, debíais haberme hecho caso y no zarpar de Creta; os habríais ahorrado este desastre y estos perjuicios. De todos modos, ahora os recomiendo que no os desaniméis: pérdidas personales no habrá, sólo se perderá el barco; porque esta noche se me ha presentado un mensajero del Dios a quien pertenezco y sirvo, y me ha dicho: «No temas, Pablo, tienes que comparecer ante el emperador, y Dios te ha concedido la vida de todos tus compañeros de navegación». Por eso, ánimo, amigos; yo me fío de Dios y sé que sucederá exactamente como me lo han dicho; tenemos que ir a dar en una isla.

A las catorce noches íbamos todavía sin rumbo por el Adriático; hacia medianoche barruntaron los marineros que nos acercábamos a tierra. Echaron la sonda y marcaba veinte brazas; poco más adelante volvieron a echarla, y marcaba quince. Temiendo ir a dar con una escollera, echaron cuatro anclas a popa, esperando con ansia que se hiciera de día.

Como los marineros trataban de escapar del barco y empezaban a arriar el bote al agua con pretexto de alejarlas anclas desde proa, dijo Pablo al capitán y a los soldados:

—Si ésos no se quedan en el barco, vosotros no podréis salvaros.

Los soldados, entonces, cortaron las amarras del bote y lo dejaron caer. Pablo les insistía a todos en que, mientras amanecía, tomaran algo, diciéndoles:

—Con hoy lleváis catorce días en vilo y en ayunas y seguís sin tomar nada. Insisto en que comáis, que os ayudará a salvaros, pues ninguno perderéis ni un pelo.

Dicho esto, cogió pan, dio gracias a Dios delante de todos, lo partió y se,puso a comer. Todos se animaron y comieron también. Eramos en total doscientas setenta y seis personas a bordo. Una vez satisfechos, aligeraron el barco, arrojando trigo al mar.

Al hacerse de día, no reconocían la tierra, pero divisaron una ensenada con su playa, y decidieron varar el barco allí como pudieran. Soltaron las anclas de ambos lados dejándolas caer al mar, aflojaron al mismo tiempo las correas de los timones, izaron la vela de popa y a favor de la brisa se fueron acercando a la playa. Pero toparon con un bajío y encallaron; la proa se hincó y quedó inmóvil, mientras la popa se deshacía por la violencia de las olas.

Los soldados resolvieron matar a los presos para que ninguno se escapase nadando; pero el capitán, decidido a salvar a Pablo, les impidió ejecutarlo; a los que sabían nadar les mandó echarse al agua los primeros y salir a tierra, a los demás les dijo que se valiesen de tablas o de restos del barco. Así todos llegaron a tierra sanos y salvos.


SEGUNDA LECTURA

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 10: PG 74, 434)

Si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor

Ya se había llevado a cabo el plan salvífico de Dios en la tierra; pero convenía que nosotros llegáramos a ser partícipes de la naturaleza divina del Verbo, esto es, que abandonásemos nuestra vida anterior para transformarla y conformarla a un nuevo estilo de vida y de santidad.

Esto sólo podía llevarse a efecto con la comunicación del Espíritu Santo.

Ahora bien, el tiempo más oportuno para la misión del Espíritu y su irrupción en nosotros fue aquel que siguió a la marcha de nuestro Salvador Jesucristo.

Pues mientras Cristo vivía corporalmente entre sus fieles, se les mostraba como el dispensador de todos sus bienes; pero cuando llegó la hora de regresar al Padre celestial, continuó presente entre sus fieles mediante su Espíritu, y habitando por la fe en nuestros corazones. De este modo, poseyéndole en nosotros, podríamos llamarle con confianza: «Abba, Padre», y cultivar con ahínco todas las virtudes, y juntamente hacer frente con valentía invencible a las asechanzas del diablo y las persecuciones de los hombres, como quienes cuentan con la fuerza poderosa del Espíritu.

Este mismo Espíritu transforma y traslada a una nueva condición de vida a los fieles en que habita y tiene su morada. Esto puede ponerse fácilmente de manifiesto con testimonios tanto del antiguo como del nuevo Testamento.

Así el piadoso Samuel a Saúl: Te invadirá el Espíritu del Señor, y te convertirás en otro hombre. Y san Pablo: Nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor, que es Espíritu.

No es difícil percibir cómo transforma el Espíritu la imagen de aquéllos en los que habita: del amor a las cosas terrenas, el Espíritu nos conduce a la esperanza de las cosas del cielo; y de la cobardía y la timidez, a la valentía y generosa intrepidez de espíritu. Sin duda es así como encontramos a los discípulos, animados y fortalecidos por el Espíritu, de tal modo que no se dejaron vencer en absoluto por los ataques de los perseguidores, sino que se adhirieron con todas sus fuerzas al amor de Cristo.

Se trata exactamente de lo que había dicho el Salvador: Os conviene que yo me vaya al cielo. En ese tiempo, en efecto, descendería el Espíritu Santo.



VIERNES


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Hechos de los apóstoles 28, 1-14

Viaje de Pablo desde Malta a Roma

Una vez a salvo averiguamos que la isla se llamaba Malta; los indígenas nos trataron con una humanidad poco común; como estaba lloviendo y hacía frío, encendieron una hoguera y nos invitaron a acercarnos.

Pablo recogió una brazada de ramas secas y la echó en la hoguera, y una víbora, huyendo del fuego, se le enganchó en la mano. Los indígenas, al ver el animal colgándole de la mano, comentaban:

—Seguro que este individuo es un asesino; se ha escapado del mar, pero la justicia divina no le consiente vivir.

Pablo, por su parte, sacudió el animal en el fuego, y no sufrió ningún daño. Los otros esperaban que de un momento a otro se hincharía y caería muerto de repente; aguardaron un buen rato y, viendo que no le pasaba nada anormal, cambiaron de parecer y empezaron a decir que era un dios.

En los alrededores tenía una finca el principal de la isla, que se llamaba Publio; nos recibió y nos hospedó tres días amablemente. Coincidió que el padre de Publio estaba en cama con fiebre y disentería; Pablo entró a verlo, rezó, le impuso las manos y lo curó. Como consecuencia de esto, los enfermos de la isla acudieron, y Pablo los curó.

Nos colmaron de atenciones y, al hacernos a la mar, nos proveyeron de todo lo necesario.

Al cabo de tres meses zarpamos en un barco que había invernado en la isla de Malta. Era de Alejandría y llevaba por mascarón a Cástor y Pólux. Tocamos en Siracusa y nos

detuvimos tres días; desde allí, costeando, arribamos a Regio. Al día siguiente se levantó viento sur y llegamos a Pozuelos en dos días. Allí encontramos algunos hermanos que nos invitaron a pasar una semana con ellos. Después salimos para Roma.


SEGUNDA LECTURA

San Hilario de Poitiers, Tratado sobre la Trinidad (Lib 2, 1, 33.35: PL 10, 50-51.73.75)

El Don del Padre en Cristo

El Señor mandó bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, esto es, en la profesión de fe en el Creador, en el Hijo único y en el que es llamado Don.

Uno solo es el Creador de todo, ya que uno solo es Dios Padre, de quien procede todo; y uno solo el Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, por quien ha sido hecho todo; y uno solo el Espíritu, que a todos nos ha sido dado.

Todo, pues, se halla ordenado según la propia virtud y operación: un Poder del cual procede todo, un Hijo por quien existe todo, un Don que es garantía de nuestra esperanza consumada. Ninguna falta se halla en semejante perfección; dentro de ella, en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, se halla lo infinito en lo eterno, la figura en la imagen, la fruición en el don.

Escuchemos las palabras del Señor en persona, que nos describe cuál es la acción específica del Espíritu en nosotros; dice, en efecto: Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora. Os conviene, por tanto, que yo me vaya, porque, si me voy, os enviaré al Defensor.

Y también: Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. Él os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí.

Esta pluralidad de afirmaciones tiene por objeto darnos una mayor comprensión, ya que en ellas se nos explica cuál sea la voluntad del que nos otorga su Don, y cuál la naturaleza de este mismo Don: pues, ya que la debilidad de nuestra razón nos hace incapaces de conocer al Padre y al Hijo y nos dificulta el creer en la encarnación de Dios, el Don que es el Espíritu Santo, con su luz, nos ayuda a penetrar en estas verdades.

Al recibirlo, pues, se nos da un conocimiento más profundo. Porque, del mismo modo que nuestro cuerpo natural, cuando se ve privado de los estímulos adecuados, permanece inactivo (por ejemplo, los ojos, privados de luz, los oídos, cuando falta el sonido, y el olfato, cuando no hay ningún olor, no ejercen su función propia, no porque dejen de existir por la falta de estímulo, sino porque necesitan este estímulo para actuar), así también nuestra alma, si no recibe por la fe el Don que es el Espíritu, tendrá ciertamente una naturaleza capaz de entender a Dios, pero le faltará la luz para llegar a ese conocimiento. El Don de Cristo está todo entero a nuestra disposición y se halla en todas partes, pero se da a proporción del deseo y de los méritos de cada uno. Este Don está con nosotros hasta el fin del mundo; él es nuestro solaz en este tiempo de expectación.



SÁBADO


PRIMERA LECTURA

Del libro de los Hechos de los apóstoles 28, 15-31

Pablo en Roma

Los hermanos de Roma, que tenían noticia de nuestras peripecias, salieron a recibirnos al Foro Apio y Tres Tabernas. Al verlos, Pablo dio gracias a Dios y se sintió animado.

Cuando entramos en Roma le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con un soldado que lo vigilase.

Tres días después convocó a los judíos principales; cuando se reunieron les dijo:

–Hermanos, estoy aquí preso sin haber hecho nada contra el pueblo ni las tradiciones de nuestros padres; en Jerusalén me entregaron a los romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad porque no encontraban nada que mereciera la muerte; pero como los judíos se oponían, tuve que apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo. Por este motivo he querido veros y hablar con vosotros; pues por la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas.

Ellos le contestaron:

–Nosotros no hemos recibido ninguna carta de Judea acerca de ti, ni ha llegado ningún hermano con malos informes o hablando mal de ti. Sin embargo, nos gustaría que nos expusieras tus ideas, porque lo único que sabemos de esa secta es que en todas partes encuentra oposición.

Fijaron un día y vinieron a verlo a su alojamiento bastantes más. En su exposición les dio Pablo testimonio del reinado de Dios y trataba de convencerlos de quién era Jesús alegando lo mismo a Moisés que a los profetas; así estuvieron desde la mañana hasta la tarde. Unos se dejaban convencer por lo que decía, otros seguían escépticos. Se despedían ya sin estar de acuerdo entre ellos, cuando Pablo añadió esto sólo:

–Con razón dijo el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías: «Ve a ese pueblo y dile: Por mucho que oigáis no entenderéis, por mucho que miréis no veréis, porque está embotada la mente de este pueblo. Son duros de oído, han cerrado los ojos para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con la mente, ni convertirse para que yo los cure». Por tanto, sabed que la salvación de Dios se envía a los paganos; ellos sí escucharán.

Cuando él dijo esto, se marcharon los judíos discutiendo acaloradamente.

Vivió allí dos años enteros a su costa, recibiendo a todos los que acudían, predicándoles el reino de Dios y enseñando la vida del Señor Jesucristo con toda libertad, sin que nadie lo molestase.


SEGUNDA LECTURA

San Máximo de Turín, Sermón 56 (1-3: CCL 23, 224-225)

La ascensión de Cristo es el triunfo del vencedor

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. Floreció, pues, nuevamente el Señor resucitando del sepulcro; fructifica cuando sube al cielo. Es flor cuando es engendrado en lo profundo de la tierra; es fruto cuando es instalado en su sublime sitial. Es grano –como él mismo dice– cuando, solo, padece la cruz; es fruto cuando se ve rodeado de la copiosa fe de los apóstoles.

En efecto, durante aquellos cuarenta días en que, después de la resurrección, convivió con sus discípulos, les instruyó en toda la madurez de sabiduría y los preparó para una cosecha abundante con toda la fecundidad de su doctrina. Después subió al cielo, es decir, al Padre, llevando el fruto de la carne y dejando en sus discípulos las semillas de la justicia.

Subió, pues el Señor al Padre. Recordará sin duda vuestra santidad que comparé al Salvador con aquella águila del salmista, de la que leemos que renueva su juventud. Existe en efecto una semejanza y no pequeña. Pues así como el águila abandonando los valles se eleva a las alturas y penetra rauda en los cielos, así también el Salvador abandonando las profundidades del abismo se elevó a las serenas cimas del paraíso, y penetró en las más elevadas regiones del cielo. Y lo mismo que el águila, abandonando la sordidez de la tierra, y volando hacia las alturas, goza de la salubridad de un aire más puro, así también el Señor, abandonando la hez de los pecados terrenales y revolando en sus santos, se alegra en la simplicidad de una vida más pura.

De suerte que la comparación con el águila le cuadra perfectamente al Salvador. Pero, entonces, ¿cómo explicar el hecho de que frecuentemente el águila destroza su presa, y arrebata frecuentemente la presa ajena? Y, sin embargo, tampoco en esto es desemejante el Salvador. En cierto modo arrambló con la presa cuando al hombre que había asumido, arrancado de las fauces del infierno, lo condujo al cielo, y al que era esclavo de una dominación ajena, esto es, de la potestad diabólica, liberado de la cautividad, cautivo lo condujo a las regiones más elevadas, como escribe el profeta: Subió a lo alto llevando cautiva a la cautividad y dio dones a los hombres. Esta frase significa ciertamente que se llevó a lo alto de los cielos a la cautividad cautivada. Una y otra cautividad son designadas con idéntica palabra, pero ambas con un significado bien distinto, pues la cautividad del diablo reduce al hombre a la esclavitud, mientras que la cautividad de Cristo restituye a la libertad.

Subió –dice– a lo alto llevando cautiva a la cautividad. ¡Qué bien describe el profeta el triunfo de Cristo! Pues, según dicen, la pompa de la carroza de los vencidos solía preceder al rey vencedor. Pero he aquí que la cautividad gloriosa no precede al Señor en su ascensión a los cielos, sino que lo acompaña; no es conducida ante la carroza, sino que es ella la que lleva al Salvador. Por un inefable misterio, mientras el Hijo de Dios eleva al cielo al Hijo del hombre, la misma cautividad es a la vez portadora y portada. Lo que añade: dio dones a los hombres, es el gesto típico del vencedor